viernes, 11 de mayo de 2012

Ídolos fugaces, pasajeros anónimos


Siempre me habían hablado de los enamoramientos en el transporte público de la ciudad condal. Hasta mi llegada a Barcelona no había confiado mucho en ello, me parecía más una leyenda urbana que una realidad. Pero, al parecer, me equivocaba.

Tomé el metro uno de esos días lluviosos, esos días en los que por mucho que te guste la lluvia se hace imposible pasear bajo ella por el colapso que se forma en pleno centro. Estación: Passeig de Gràcia. Líneas: dos, tres y cuatro. Grado turístico: altamente elevado. Proporción adultos – niños chillones: cinco mayores por cada infante. Contando que aquel día nos amontonábamos como sardinas en lata y en mi vagón viajaban tres yorkshires incansables con un ama despreocupada, el alboroto era exasperante. Por no hablar del olor humano.

Había escogido una línea al azar y no tenía un rumbo fijo. Resulta paradójico el hecho de haber huido del exterior para guarecerme de los ensordecedores vehículos y encontrarme en un caos subterráneo. Decidí sacar mi reproductor de música y evadirme de aquella marabunta que me rodeaba. Pocas paradas bastaron para que el metro se fuera vaciando y poder gozar de algo más de movilidad. Entonces entró. Media melena rubia, ojos grises, piel pálida y andar pesaroso. Mostraba un aire despreocupado, como si no le afectara aquella cantidad de gente. Podría decir que su abstracción del mundo le hacía no inmutarse por el cerco humano.

Yo definiría mi estado de entonces como “parálisis pasional”, una sensación de aislamiento de cualquier factor externo. Venía provocada por quien yo contemplaba ahora, alguien que se había tornado el único ser que me importaba en aquel instante. Ya no había aullidos de yorkshire. No se oían los berridos de los niños ni de los turistas. La voz que anuncia cada estación parecía haber desaparecido. La música que salía por mis auriculares se había agotado. Ni tan sólo pensaba ya en la lluvia que me estaba esperando allí fuera.

Cruzamos una mirada rápida pero ni siquiera se fijó en mí. De todas formas no había razón para que lo hiciera. Yo era una de tantas personas que viajaban por el subsuelo de Barcelona, algo común que no tenía porque llamar la atención de forma especial. Tampoco mi imagen me hace ser destacable como para que nadie se fije en mí. Pero bueno, eso es cuestión a parte.

El caso es que mis ojos no podían dejar de seguir los suyos en un vano intento de mirarnos una vez más. No resultó efectivo. A las pocas paradas de haber llegado, se miró en el reflejo de uno de esos grandes vidrios, se colocó la chaqueta, se alborotó el pelo mojado y esperó al final de su trayecto. Al llegar, abrió la puerta y se marchó. Allí quedó todo.

Supongo que fue aquel día en el que descubrí que existe el amor momentáneo en los túneles del metro de Barcelona. Fue una pura casualidad. Yo había subido a un vagón cualquiera y el arbitral destino me hizo descubrir a alguien que a día de hoy aún no he vuelto a ver. Sin embargo, debería matizar que más que amor es una ensoñación fugaz al descubrir el ser idealizado. En aquellos rápidos enamoramientos que encontramos en el metro, bajo la ciudad, reside la esencia física de nuestras idolatrías. Tenía una sensación de aturdimiento tan fuerte que no me quedó otra opción que salir a la luz de mi querida urbe y correr bajo la lluvia. 

lunes, 23 de abril de 2012

Tiempos de Náusea


Las calles explotan de ira. Una peste de silencio lo cubre todo. La rabia y las mudas bocas se unen en un grito sordo. El gris de la ceniza se eleva en el aire para danzar con un lóbrego y melancólico humo violeta. Fuegos fatuos surgen en cada esquina sin que nadie pueda remediar su aparición. Hace poco han dejado de sonar las cornetas apocalípticas, que no sabían si arrancarnos los oídos o perderse en una nube de tormenta infinita.  

El ambiente ha encorajado a los relojes a convocar una huelga. Ya no canta el cuco la hora. Las campanas no redoblan; su badajo se ha quebrado y el bronce ha perdido el brillo de tiempos pasados. El incesante segundero ha partido en dos su maquinaria, matando el tictac del tiempo. Las doce han dado el salto desde su elevado trono para despeñarse contra las seis en un dilatado lapso. Un suicidio colectivo de numerología horaria. Los días no avanzan. Se crean largas colas de semanas que ansían su turno en este año. Y en el próximo y en el de después.

El conflicto temporal ha llevado a otro más grave: los astros se mecen como les place. Tan pronto aparece el Sol como marcha. La Luna ya no le persigue. Ahora ha decidido ser soltera y millones de estrellas se abalanzan sobre esta inarmónica Tierra, desesperadas por flirtear con el inmaculado satélite. Ninguna la prenda, todas revientan contra el ardiente alquitrán. Antaño habrían pasado largas noches iluminando a enamorados tras las cortinas y acompañando a demonios pecadores en pérfidos propósitos. Ahora, los cuerpos celestes reniegan del orbe terráqueo.

Dios ha caído para alzarse de nuevo con mil nombres. Pasean la talla de Cristo en la cruz entre la muchedumbre que se arrodilla a Oriente. Los que llevaban túnica, la rasgan; los ateos, imploran. Un demiurgo ha enloquecido y corre entre las nubes. Derrama el Bien en ellas para después arrugarlas como si fueran cuartillas de papel y finalmente zampárselas de un solo bocado. El genio maligno ríe sus actos mientras tuerce el labio, parpadeando incesantemente. Le ambiciona, él también quiere participar en ese juego. Pero cuervos desplumados le atormentan picoteándole los testículos por falsear las verdades de siglos pasados. Su sangre se derrama entre el cristal, acero y mármol de las ciudades.

Beben las gentes el rojo humor que se vierte del desrazonado ente. Con ello, el vigor, la lujuria y las efímeras semillas han irrumpido entre chillidos orgásmicos. Bacanales y orgías decoran las anchas avenidas, llegando a perderse en el borroso horizonte una multitud de cuerpos sin nombre, sin color, sin victoria. Los varones engendran cerdas y las mulas se han tornado fecundas debido al vaho carnal que se escapa con el sudor del desenfreno.

La sonrisa característica de la harmonía, esa paz de los hombres y mujeres en el Paraíso donde fuimos puramente concebidos, se ha tornado un gesto tenso y ridículo. Harían falta penetrar las mejillas de cualquiera con dos clavos para que pudiera sonreír durante al menos tres segundos. Y aún así, la presión ejercida por los molares roería el hierro y los colmillos lo perforarían hasta borrar esa estúpida mueca de su cara. No nos está permitido perder el tiempo con pamplinas.

Cuando digo pamplinas, incluyo también toda esa materia que nos ha rodeado a lo largo de los siglos. Me refiero al arte. Hace tiempo que las brochas salieron huyendo y los pinceles se apresuraron en seguir sus pasos. Tenían miedo. Corrieron despavoridos para evitar que otro pintor los aplastara contra un lienzo para canalizar su ira. Era extremadamente doloroso. Pero no en lo físico, sino dolor psicológico. Demasiado sufrimiento es para la pintura verse suspendida en una pared de cualquier sala, abandonada durante un tiempo y contemplada por nadie para desaparecer después.

¿Y el teatro? Escenarios deshabitados que han visto viajeros miméticos metamorfoseando en expresivas mesdames esperan recibirlos de nuevo, como mínimo para dejar de escuchar el eco de remotos aplausos. Han sacralizado y derruido estos templos del arte, los han fusilado y han colocado en su lugar un punto de información con una joven que detrás del mostrador se dedica a hacer burbujas con su chicle de fresa. Qué asco.  

La humanidad ya no es humana, ha perdido su nombre y no le importa lo más mínimo, ni siquiera intenta recuperarlo. ¿Para qué? ¿Para volver a llenar décadas enteras de miseria? ¿Para maquillar un mundo podrido con una felicidad pordiosera? No, ya no. Ya no hay forma de volver atrás. Nuestra condición como seres superiores nos ha hecho enloquecer. Nos creíamos grandes y tan sólo éramos un guisante perdido en una marabunta planetaria. Hemos destruido nuestra sociedad. Nos hemos matado.


Hoy, 23 de abril, no debía dejar esto sin una entrada. No es una creación nueva, pues lleva meses escrita, a la espera de lo que podría haber sido un premio literario que no llegó. Pero qué le vamos a hacer. Las circunstancias hacen que no me vea con ganas de escribir algo para hoy. De todas formas, invito a disfrutar del día a todos aquellos que aman la literatura. Feliç Sant Jordi!

jueves, 19 de abril de 2012

Memoria de la carne sin exequias

Las vacas se arrancan las flacas astas
contra el barro corroído de negro,
desnudándose de tomillo y menta,
destilan azufre y visten de hueso.
Sentenciadas abejas sorben sangre
de escarchadas ubres, pálidas mamas
que henchidas de rocío van mugiendo
la saeta de la noche en la charca.

Llora un becerro que a la madre llama.
Nacido ayer, ya se cubre hoy de luto
y mañana a la tarde lo amortajan.
Escueta la carne de res infanta,
el fin del día trae su sombra amarga
pero la tierra al ternero no tapa.

Candado y cadenas a las trompetas
que no enmudecen con la muerte, pena
al que agite la campana de cobre,
hilo y aguja en boca de las viejas.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Pequeño imprevisto nocturno


Dicen que Chopin componía de noche. Gracias a este acto, pudo crear los más bellos nocturnos del Romanticismo. Claro que también Beethoven hizo magia con su Claro de Luna. De Kafka se dice que trabajaba en sus obras hasta altas horas de la madrugada. La mal llamada Metamorfosis surgió en un breve lapso antes del amanecer. Al igual que Cortazar, que despertó agitado de una pesadilla y no tubo más remedio que escribir Casa tomada.

La noche también inspiraría a Lorca, mientras que en su viaje a Nueva York describiría la Ciudad sin sueño cantada después por Leonard Cohen, Enrique Morente y por todos aquellos que admiran el poema. Antes que él y alejado de aquella ciudad, sobre el Ródano, desde el sanatorio de Saint-Rémy-de-Provence o en un café, Van Gogh plasmaría el manto azulado y las amarillentas estrellas con su especial arte. Los habitantes de Tlön exclamarían «hlör u fang axaxaxas mlö» al ver surgir la Luna sobre el río.

Teseo e Hipólita serían casados por la gracia de Shakespeare una noche de verano, llenando siglos de amor, magia, fantasía y sueños. Quizás era una de esas mismas noches en las que Eros y Psique dormitaban juntos, bajo el temor a Afrodita. Y no una sola, sino mil y una noches pasaría Scheherezade en vela narrándole cuentos al rey Shahriar hasta convertirse en su reina.

Para unos, la noche es el odio. Los demonios salen de sus cuevas e invaden la Tierra, buscando almas y cuerpos que devorar, personas con las que cometer pecados cristianos, tormentos oscuros con los que no permitir el descanso. Para otros, la noche es el amor. Cuerpos unidos bajo la luz lunar en perfecta armonía, compañeros de cama que gozan gustosos del placer recíproco, amigos y amantes dedicados exclusivamente a ellos mismos. Para todos, la noche es el silencio. Para mí, la noche es la vida.


sábado, 17 de marzo de 2012

Desposeído


A veces, quizás con demasiada asiduidad, el aire desaparece. Es entonces cuando no puedo respirar. Emerge una esfera en mi garganta, pesada como el hierro, que aplasta el habla y hunde los vocablos en ambos pulmones, aunque siempre me presiona más en el izquierdo. Esta rigidez pectoral me sube por el cuello hasta llegar a la cabeza. Ahí es cuando expande mis facciones hacia atrás, la piel se tensa y mis ojos se secan tras regarme los áridos labios.

Fuera del templo, de mi mundo, de todo esto, me dejo mecer por la poca brisa que me roza. Puro aspecto externo. Si todos los que me ven en ese instante supieran… Hebras de esfuerzo estiran mi boca conformando una mueca irrisoria y golpean mis pupilas para incitarme al parpadeo. La comicidad sale disparada del útero que no tengo para ser expulsada por los orificios nasales. Dos inmensos instrumentos metálicos de viento no me dejan escuchar, emitiendo, sin pausa, un do que cruje.

Me he desversificado. No me quedan verbos. La tinta hace demasiado tiempo que se derramó. Sin aire no hay fuego, sin fuego no hay vida y sin vida no hay voz. Estas dos últimas son recíprocas, pues sin voz tampoco hay vida. Todo sería muy fácil. Hace meses que es muy fácil. Renegué un día de vosotras y fue uno de los mayores errores de mi vida. Creía que os había recuperado. Craso error. Sólo hay una forma de salvarme. Volved, palabras, volved.