Siempre me habían hablado de los enamoramientos en
el transporte público de la ciudad condal. Hasta mi llegada a Barcelona no había
confiado mucho en ello, me parecía más una leyenda urbana que una
realidad. Pero, al parecer, me equivocaba.
Tomé el metro uno de esos días lluviosos, esos
días en los que por mucho que te guste la lluvia se hace imposible pasear bajo
ella por el colapso que se forma en pleno centro. Estación: Passeig de Gràcia.
Líneas: dos, tres y cuatro. Grado turístico: altamente elevado. Proporción
adultos – niños chillones: cinco mayores por cada infante. Contando que aquel
día nos amontonábamos como sardinas en lata y en mi vagón viajaban tres
yorkshires incansables con un ama despreocupada, el alboroto era exasperante. Por no hablar del olor humano.
Había escogido una línea al azar y no tenía un
rumbo fijo. Resulta paradójico el hecho de haber huido del exterior para
guarecerme de los ensordecedores vehículos y encontrarme en un caos
subterráneo. Decidí sacar mi reproductor de música y evadirme de aquella
marabunta que me rodeaba. Pocas paradas bastaron para que el metro se fuera
vaciando y poder gozar de algo más de movilidad. Entonces entró. Media melena
rubia, ojos grises, piel pálida y andar pesaroso. Mostraba un aire despreocupado,
como si no le afectara aquella cantidad de gente. Podría decir que su
abstracción del mundo le hacía no inmutarse por el cerco humano.
Yo definiría mi estado de entonces como “parálisis
pasional”, una sensación de aislamiento de cualquier factor externo. Venía
provocada por quien yo contemplaba ahora, alguien que se había tornado el único
ser que me importaba en aquel instante. Ya no había aullidos de yorkshire. No
se oían los berridos de los niños ni de los turistas. La voz que anuncia cada
estación parecía haber desaparecido. La música que salía por mis auriculares se
había agotado. Ni tan sólo pensaba ya en la lluvia que me estaba esperando allí
fuera.
Cruzamos una mirada rápida pero ni siquiera se
fijó en mí. De todas formas no había razón para que lo hiciera. Yo era una de
tantas personas que viajaban por el subsuelo de Barcelona, algo común que no
tenía porque llamar la atención de forma especial. Tampoco mi imagen me hace
ser destacable como para que nadie se fije en mí. Pero bueno, eso es cuestión a
parte.
El caso es que mis ojos no podían dejar de seguir
los suyos en un vano intento de mirarnos una vez más. No resultó efectivo. A
las pocas paradas de haber llegado, se miró en el reflejo de uno de esos grandes vidrios, se colocó la chaqueta, se alborotó el pelo mojado y esperó al
final de su trayecto. Al llegar, abrió la puerta y se marchó. Allí quedó
todo.
Supongo que fue aquel día en el que descubrí que
existe el amor momentáneo en los túneles del metro de Barcelona. Fue una pura
casualidad. Yo había subido a un vagón cualquiera y el arbitral destino me hizo
descubrir a alguien que a día de hoy aún no he vuelto a ver. Sin embargo,
debería matizar que más que amor es una ensoñación fugaz al descubrir el ser
idealizado. En aquellos rápidos enamoramientos que encontramos en el metro,
bajo la ciudad, reside la esencia física de nuestras idolatrías. Tenía una
sensación de aturdimiento tan fuerte que no me quedó otra opción que salir a la
luz de mi querida urbe y correr bajo la lluvia.